«Leer lo es todo. La lectura me hace sentir que he logrado algo, he aprendido algo, que soy mejor persona».
Nora Ephron
Hay una señal bastante clara de que necesito parar. Los libros empiezan a acumularse encima de mi mesa.
Algunos acaban de llegar. Otros llevan tanto tiempo conmigo que ya no sabría decir cuántas veces los he abierto, cerrado, subrayado o vuelto a colocar en la estantería. De vez en cuando regresan a la mesa, que es el lugar de los libros que todavía tienen algo pendiente conmigo.
Este verano tengo seis que puedo recomendar. Es una selección personal. Tu luego me compartes los tuyos.
No son novedades editoriales ni una selección de lecturas imprescindibles para convertirse en una persona más sabia durante las vacaciones. Tampoco tienen mucho que ver entre sí. Hay incertidumbre, historia, música, cultura empresarial, emprendimiento y una larguísima declaración de amor a los libros. Supongo que, bien mirado, tienen bastante que ver conmigo.
Mi vida no gira únicamente alrededor de la inteligencia artificial, la estrategia, las empresas y las charlas de aquí para allá. A veces podría parecerlo por lo que publico, pero no. Sin la lectura y la música, mi vida tendría bastante menos sentido. Y no lo digo como una de esas frases bonitas que quedan bien en una taza.
Lo digo de verdad. Con una pantalla trabajo. Con el papel leo.
Leo muchos informes en una tableta. Análisis, estudios, documentos largos y algún que otro artículo publicado por colegas a quienes sigo. También guardo textos en el móvil y acumulo enlaces que prometo leer cuando tenga tiempo.
Eso es lectura de trabajo. Mis libros son otra cosa. Los leo en papel. Siempre. Y, puestos a elegir, prefiero una buena edición de tapa dura. Me gusta su peso, la forma en que se abren y el pequeño ritual de decidir cuál va a acompañarme durante unos días.
También necesito un rotulador fosforito.
Sé que sería mucho más práctico fotografiar un párrafo con el móvil, convertirlo en texto y enviarlo directamente a mis notas. Podría clasificarlo, etiquetarlo y localizarlo en segundos cuando lo necesitase. No lo hago.
Subrayo el libro. A veces una frase. Otras veces medio párrafo. En algunas páginas me entusiasmo demasiado y termino dejando iluminado casi todo, lo cual elimina bastante el sentido de subrayar. Después cierro el libro con el rotulador dentro, aunque sé que no debería hacerlo, y queda allí esperando a que vuelva. Es menos eficiente. También es mucho más mío.
No necesito que cada lectura se convierta en una base de datos. Algunas ideas pueden quedarse simplemente entre las páginas, esperando a que las encuentre dentro de unos años y me pregunte por qué demonios marqué aquello.
Y aquí sigue un cisne negro que nunca termina de irse
«El cisne negro«, de Nassim Nicholas Taleb, es uno de esos libros que vuelven a mi mesa.
Taleb puede resultar brillante, irritante y excesivo en una misma página. Quizá por eso me sigue captando. No escribe para tranquilizar a nadie. Su idea central es conocida: algunos de los acontecimientos que más nos afectan son muy improbables, tienen consecuencias enormes y, una vez sucedidos, construimos una explicación que los hace parecer más previsibles de lo que realmente eran.
La historia del pavo sigue siendo una de mis favoritas. El animal recibe comida todos los días. Cada nueva jornada confirma su teoría de que las personas son seres amables que existen para alimentarlo. La evidencia parece incontestable. Hasta que llega la víspera de Acción de Gracias y toda su interpretación del mundo se derrumba. Es una anécdota cruel y magnífica.
Me gusta este libro porque obliga a desconfiar de las explicaciones perfectas construidas después de que las cosas hayan ocurrido. También de quienes parecen haber sabido siempre lo que iba a pasar. En los negocios ocurre constantemente. En la vida, todavía más.
Ningún Plan sobrevive al contacto con el Enemigo. Mariscal Helmuth Karl Bernhard von Moltke
Taleb me recuerda que podemos acumular información, experiencia y seguridad durante años, y seguir sin ver lo que está a punto de cambiarlo todo. No es una invitación a vivir con miedo. Es una cura bastante efectiva contra la arrogancia. Las preguntas que no caducan tan rápido
Al lado está «21 lecciones para el siglo XXI«, de Yuval Noah Harari.
Se publicó en 2018, que ahora parece pertenecer a otro siglo. Desde entonces hemos tenido una pandemia, guerras, crisis políticas, inteligencia artificial generativa y suficientes acontecimientos como para demostrar que ocho años pueden dar mucho de sí.Y, sin embargo, muchas de las preguntas del libro continúan abiertas.
Harari se detiene en cuestiones como la desinformación, el nacionalismo, la inmigración, la educación, la democracia o el miedo al terrorismo. Después de mirar al pasado en Sapiens y proyectarse hacia el futuro en Homo Deus, aquí intenta comprender el presente. No estoy de acuerdo con todo lo que escribe. Tampoco necesito estarlo.
Los libros que más me interesan no son siempre aquellos que confirman lo que ya pienso. Son los que me obligan a parar en una página, levantar la vista y discutir mentalmente con quien la ha escrito. Harari consigue eso.
Hay capítulos que hoy leería de otra manera y afirmaciones que matizaría más que cuando lo abrí por primera vez. Esa es otra de las razones por las que conservo los libros subrayados. Permiten comprobar que el texto sigue siendo el mismo, pero quien lo lee ya no.
Neil Young no cuenta su vida en línea recta
Después aparece Neil Young. «El sueño de un hippie«. Aquí entra la música, que es otra forma de contar el tiempo.
La autobiografía de Neil Young no avanza de manera ordenada. Va y viene. Salta de un recuerdo familiar a una canción, de una gira a un coche, de sus trenes eléctricos a su obsesión por recuperar la calidad del sonido. La cronología parece secundaria. El libro se mueve como se mueve una conversación larga con alguien que tiene demasiadas historias y ninguna intención de organizarlas para facilitarte el trabajo. Y me encanta precisamente por eso.
No parece una vida corregida para que todo encaje. No intenta convertir cada decisión en una enseñanza ni cada fracaso en el prólogo inevitable de un éxito posterior. Neil Young habla de música, de familia, de pérdidas, de coches antiguos y de proyectos que probablemente interesaban mucho más a él que a su editor. El resultado tiene algo de caótico, pero también de profundamente honesto.
Las vidas reales se parecen bastante más a esto que a una biografía perfectamente estructurada. La música está llena de desvíos, contradicciones y etapas que en su momento no conducían a ningún lugar evidente. Luego escuchamos una trayectoria completa y creemos que todo tenía sentido.
Otra vez el cisne negro, aunque Taleb y Neil Young probablemente no agradecerían que los sentara juntos en la misma mesa.
La empresa en la que las vacaciones se llaman vacaciones.
«Aquí no hay reglas«, de Reed Hastings y Erin Meyer, sí entra de lleno en el mundo empresarial. Pero lo leo de una manera muy distinta a como leo un informe de gestión.
El libro explica algunos de los principios con los que Netflix construyó su cultura: concentración de talento, franqueza extrema, libertad para decidir y eliminación de muchos controles internos. Su política de vacaciones llegó a resumirse en dos palabras: “Tómate vacaciones”. La política de gastos apelaba a actuar en el mejor interés de Netflix.
Sobre el papel resulta fascinante. También incómodo.
Porque la libertad que describe el libro convive con un nivel de exigencia enorme. Está el conocido keeper test, la pregunta que invita a cada responsable a plantearse si lucharía por conservar a una persona de su equipo. Si la respuesta es negativa, la relación laboral puede terminar con una indemnización generosa.
No es un modelo que copiaría sin más. De hecho, una de las cosas que más me interesan del libro es todo lo que se perdería al imitar sus medidas sin entender las condiciones que las sostienen.
Eliminar reglas suena moderno. Hacerlo sin contexto, confianza ni responsabilidad puede convertirse sencillamente en una forma bastante creativa de generar caos.
Lo que me atrapa es la decisión de cuestionar normas que muchas organizaciones mantienen porque siempre han estado ahí. Algunas son necesarias. Otras sobreviven por inercia, aunque nadie recuerde ya qué problema intentaban resolver.
La historia de Nike antes de que supiéramos que sería Nike
Con «Nunca te pares«, de Phil Knight, ocurre algo curioso. Todas las personas que empiezan el libro saben cómo termina. Nike se convierte en Nike. El logotipo acaba siendo uno de los símbolos más reconocibles del mundo y la pequeña empresa llega a ocupar un lugar gigantesco en la cultura popular. Phil Knight no sabía nada de eso cuando empezó.
El libro devuelve incertidumbre a una historia cuyo final conocemos demasiado bien. Antes de Nike estuvo Blue Ribbon Sports, nacida de un acuerdo entre Knight y su antiguo entrenador, Bill Bowerman. Hubo importaciones de zapatillas japonesas, problemas de financiación, desacuerdos, riesgos y momentos en los que la empresa podía haberse quedado por el camino.
Eso es lo que más me interesa de las historias emprendedoras. No el éxito visto desde el escenario, cuando ya se han eliminado las dudas y cada paso parece haber conducido al siguiente. Me interesa el momento anterior. Cuando nadie sabe si aquello funcionará, el dinero no alcanza y una decisión aparentemente menor puede acabar cambiándolo todo.
Nunca te pares no me gusta porque enseñe una fórmula para construir una empresa como Nike. No existe tal fórmula. Me gusta porque cuenta el miedo, la obstinación y el desgaste que suelen desaparecer cuando se relata una empresa desde el resultado.
Por la noche puedo quedarme horas despatarrada leyendo estas historias. Conozco el desenlace, pero quiero saber cómo se sentían cuando todavía no lo conocía nadie.
Un libro sobre el milagro de que existan los libros
Y queda «El infinito en un junco«, de Irene Vallejo. Es un libro sobre la historia de los libros, aunque decirlo así se queda muy corto.
Habla del papiro, de las bibliotecas, de las personas que copiaron textos, de quienes los escondieron y de todos los materiales que la humanidad ha utilizado para impedir que las palabras desaparezcan. Recorre siglos de persecuciones, viajes y casualidades gracias a las cuales podemos seguir leyendo voces que deberían haberse perdido hace mucho tiempo.
Irene Vallejo convierte esa historia en una aventura. No escribe desde la distancia de quien contempla un objeto antiguo en una vitrina. Escribe desde el amor de alguien que sabe lo frágil que siempre ha sido un libro. Un incendio, una guerra, la censura o el simple abandono bastaban para borrar una obra.
Hay otro dato que hace que lo lea de manera diferente. Vallejo ha contado que escribió el libro mientras su hijo atravesaba una situación médica muy delicada y pasaba largas temporadas en el hospital. La escritura se convirtió también en refugio. Quizá por eso el libro habla tanto de resistencia sin convertirse en un libro sobre la resistencia.
Me recuerda que leer nunca ha sido un gesto completamente pasivo. Alguien escribió. Otra persona conservó el texto. Alguien lo tradujo, lo imprimió o evitó que desapareciera. Después llega a tus manos y tú dejas una línea amarilla sobre una frase.
Una pequeña marca fosforita dentro de una historia de miles de años.
Y, después de comer, un cadáver en algún lugar de Suecia.
Todo esto está muy bien. Las grandes preguntas, la incertidumbre, las culturas empresariales, la historia de Nike y la supervivencia de los libros.
Pero mis vacaciones no estarían completas sin novela negra nórdica, ya sea de Jo Nesbø, Anders de la Motte, Henning Mankell o Jussi Adler-Olsen
Después de comer, tumbada en una hamaca y a la sombra, no necesito reflexionar sobre el futuro de la humanidad. Necesito que aparezca un cadáver en una pequeña población sueca, noruega, danesa, finlandesa o islandesa. Preferiblemente en invierno.
Me gusta leer sobre tormentas de nieve mientras intento soportar el calor. Sobre personas que viven en casas aisladas, familias que guardan secretos desde hace cuarenta años y policías con una vida personal bastante peor organizada que la mía. No busco aprender nada. Y eso también es importante.
Durante buena parte del año le pedimos utilidad a todo. Leemos para entender, decidir, preparar una reunión o resolver un problema. Incluso el descanso acaba convertido en un proyecto con objetivos.
La novela negra me permite leer con una finalidad mucho más sencilla: quiero saber quién lo hizo.
Estos son unos cuantos libros de los cuales no me desprendo, y para este verano como aún los tengo de Sant Jordi los empezaré, para Navidades, ya te hablaré de ellos. Otros los releeré por partes. Quizá alguno llegue a septiembre casi sin abrir porque apareció otro por el camino. No importa.
Este verano mi sistema de lectura será igual de elemental como siempre: papel, sombra, música cerca y un rotulador fosforito que probablemente terminará perdido entre dos páginas. Y si se seca a mitad de un capítulo, esa será la única emergencia que pienso atender.
¿Cuáles son los tuyos para este verano? Me encanta que me compartan puntos de vista o sentimientos después de leer un libro.
Dos mujeres y dos maneras de amar los libros y la historia
Antes de cerrar este recorrido, necesito detenerme en dos mujeres que también forman parte de mi relación con la lectura.
La primera es mi madre.
Hace ahora un año, en julio, que nos dejó. Tenía 93 años y leyó cada día de su vida hasta pocos meses antes de irse. Para ella era inconcebible meterse en la cama sin un libro entre las manos. No importaba la hora, el cansancio ni lo que hubiera ocurrido durante el día. Leer formaba parte de su manera de vivir.
Durante años fue una fuente inagotable para descubrir autores, historias y libros que quizá yo no habría encontrado por mi cuenta. Muchas de mis lecturas llegaron primero a través de ella, de una recomendación suya o de algún ejemplar que me dejaba con la seguridad de que iba a gustarme. Mi madre era única. Y aunque ya no pueda preguntarle qué está leyendo, sigue apareciendo cada vez que abro un libro y encuentro algo que me habría gustado comentar con ella.
Quiero dejar también aquí un libro muy especial, escrito por mi amiga Emi Turull: Esclaves als monestirs femenins de Barcelona a la baixa edat mitjana (1326-1495).
Emi dedicó años a investigar la esclavitud femenina en los monasterios de Barcelona durante la Baja Edad Media. Su trabajo obtuvo la calificación cum laude y terminó convertido en el libro que comparto aquí, publicado por la Fundació Noguera.
Su historia tiene todavía más valor para mí porque lo publicó a los 72 años, después de cumplir su sueño de estudiar la carrera de Historia. No se limitó a matricularse ni a demostrar que nunca era tarde. Investigó, escribió una tesis y dejó una obra que recupera la vida de mujeres que durante siglos apenas habían ocupado un lugar en el relato histórico.
Mi banda sonora para este verano
Cinco horas de música seleccionada por Mikel (MKL_Breton), cuyas playlists siempre consiguen sorprenderme: Esta es una de tantas de sus playlists: SONGWRITERS. Gracias a otras listas suyas he descubierto una dimensión del jazz que no conocía y, cuando se trata de rock clásico, sus selecciones son difíciles de superar.
Una banda sonora perfecta para leer sin prisa, a la sombra y con el rotulador fosforito cerca.

Referencia de los autores
Nora Ephron . Autora de la cita de cabecera
El cisne negro. Nassim Nicholas Taleb
El sueño de un hippie. Memorias de Neil Young.
Helmuth Karl Bernhard von Moltke. Autor de la cita de «ningún plan sobrevive al enemigo» Citado en Donnybrook: La batalla de Bull Run, 1861 (2005) por David Detzer, pág. 233
21 lecciones para el siglo XXI. Yuval Noah Harari
Aquí no hay reglas. Reed Hastings y Erin Meyer.
Nunca te pares. Phil Knight
El infinito en un junco. Irene Vallejo.
Jo Nesbø. El hombre celoso (último libro )
Anders de la Motte. Puedes elegir en esta página.
Henning Mankell . No sé cuál recomendarte. Mi madre los tiene todos o sea que cada vez que voy a casa, me llevo algunos.
Jussi Adler-Olsen. Mi último descubrimiento.
Emi Turull: Esclaves als monestirs femenins de Barcelona a la baixa edat mitjana (1326-1495).





