Aquí, como ves, has de correr tanto como puedas para permanecer en el mismo sitio. Si quieres llegar a alguna otra parte tienes que correr por lo menos el doble de rápido. Lewis Carroll. (A través del espejo)
Lo curioso es que Carroll lo escribió como absurdo. Hoy describe literalmente cómo mucha gente se relaciona con la tecnología. Me pasa cada semana. Alguien a quien conozco, un colega, un cliente, a veces un amigo, me escribe o me llama con una pregunta que ya reconozco antes de que termine de formularla: «Oye, ¿qué herramienta de IA me recomiendas para esto?»
Y mi respuesta ya no es una herramienta. Es una pregunta: ¿Para qué exactamente? ¿Con qué frecuencia lo vas a usar? ¿Lo necesitas tú solo o lo va a usar todo el equipo? ¿Tienes ya algo que hace algo parecido?
A veces se quedan en silencio. Otras veces me dicen, con toda la razón, que no lo habían pensado así.
Tengo un excel con 225 herramientas. Y eso es parte del problema
Desde 2021 llevo documentando herramientas de IA. No de oídas: probadas, revisadas con tiempo, anotando para qué servían de verdad y para qué no.
Ese Excel ya supera las 225 herramientas y, a estas alturas, no para de crecer.
Muchas han quedado descartadas. Algunas porque prometían más de lo que resolvían. Otras porque se solapaban con herramientas que llegaron después y lo hacían mejor. Unas cuantas, en menos de cuatro años, ya ni existen.
Por eso la guía que tengo preparada no es una recopilación sin filtro. Es una selección trabajada, revisada y pensada para ser útil. De esas más de 225 herramientas, he dejado 95.
La publicaré próximamente como descarga en la biblioteca de GaeaPeople.
Al principio intentaba seguirles el ritmo a todas. Salía una nueva, la probaba, la añadía. Pero enseguida me di cuenta de que eso era una trampa. No porque las herramientas sean malas, sino porque coleccionarlas no te hace mejor en nada. Te hace más rápido consumiendo novedades. Y no es lo mismo.
Lo que sí me dejó ese Excel fue otra cosa: criterio para distinguir cuándo una herramienta tiene sentido y cuándo es ruido con buena presentación.
El influencer que se olvidó de mencionar algo
Conozco bien el patrón. Alguien sigue en redes a uno de esos perfiles que publican cada día sobre herramientas nuevas. Ve algo que parece increíble. Me escribe emocionado. Quiere saber si lo pruebo, si lo recomiendo, si lo uso yo.
A veces lo que me describe tiene una limitación obvia que en el vídeo no aparece: que en España aún no está disponible sin conexión VPN, por ejemplo. O que la versión gratuita hace un 10% de lo que viste en la demo. O que para el uso concreto que tiene en mente, algo que ya paga le resuelve lo mismo sin coste adicional.
No es que el influencer mienta. Es que su negocio es generar atención sobre lo nuevo, no ayudarte a decidir si lo nuevo tiene sentido para ti.
Son trabajos distintos. El mío es el segundo.
Lo que cambia cuando empiezas por el para qué
Hace poco alguien me pidió recomendación para generar imágenes. Hasta ahí, la pregunta más habitual. Pero cuando le pregunté para qué, resultó que lo que necesitaba era una imagen para ilustrar una presentación interna de equipo, algo que se vería en una pantalla grande durante diez minutos y ya.
Para eso no necesitas la herramienta más potente del mercado ni la suscripción más cara. Necesitas algo que funcione, que no te lleve media mañana aprender, y que no requiera que te conviertas en experto en prompts de imagen para sacar algo decente.
La conversación cambia completamente. Y la recomendación también.
Otro caso: alguien que quería doblar vídeos al español para usarlos en formación interna. Pregunta aparentemente sencilla. Pero cuando profundizamos: ¿cuántos vídeos al mes? ¿De qué duración? ¿Con qué presupuesto? ¿Lo va a gestionar alguien del equipo o tiene que ser autónomo del todo? Con esas respuestas, la herramienta que tiene sentido es completamente distinta a la que habría recomendado sin preguntar.
El «depende» no es una evasiva. Es la respuesta honesta.
Lo que he aprendido a resistirme a hacer
Llevo en esto desde antes de que existiera Internet tal como lo conocemos hoy. Me conecté por primera vez a un router en 1994. De ahí a los navegadores, las primeras webs, y luego la gran pregunta de entonces: ¿Joomla, Drupal o WordPress? ¿Cuál es mejor? Pues dependía. Del presupuesto, de para qué era el proyecto, y sobre todo de quién lo iba a gestionar después. Exactamente la misma conversación que tengo hoy con la IA, con otros nombres.
Luego llegaron los blogs, Yahoo Groups, Myspace, la explosión de Facebook y LinkedIn. Y en cada oleada, el mismo patrón: llega algo nuevo, genera urgencia, y la urgencia genera la sensación de que quien no corre se queda atrás.

Nassim Nicholas Taleb, lo cuenta en El cisne negro mejor de lo que yo lo diría: «Perder el tren solo produce dolor al que corre para tomarlo» Y añade algo igual de importante: que el dolor de no ajustarse a la idea de éxito que otros esperan de ti solo existe si eso es lo que andas buscando. Dicho de otra forma: la urgencia no es del tren. Es tuya.
Resistirme a correr no significa ignorar lo que aparece. Hay quien tuvo visión cuando nacieron los dominios y se lanzó a comprarlos para venderlos. Los primeros que compraron bitcoin cuando nadie apostaba por ello, si no vendieron cuando vinieron mal dadas, ahora son millonarios. Eso existe y no tiene sentido negarlo.
Pero también existe el batacazo. Y entre «lanzarse antes que nadie» y «ignorarlo todo» hay un espacio que casi nadie ocupa: el de estudiar lo nuevo con calma, entender para qué sirve de verdad, y decidir con criterio cuándo tiene sentido adoptarlo, cómo, y quién lo va a gestionar después. Porque eso último importa tanto como lo primero. Una herramienta sin nadie que la mantenga es una suscripción que se olvida.
Todo depende. Siempre ha dependido. Si tienes tiempo de probar y dinero que gastar, adelante. Si no, mejor saber antes dónde metes el pie.
La pregunta que de verdad ayuda
Cuando alguien me pide una herramienta de IA, lo que necesita antes de la respuesta es otra pregunta: ¿qué estás intentando resolver, y qué tienes ya para resolverlo?
A veces la respuesta lleva a una herramienta concreta. A veces lleva a descubrir que con lo que ya tiene es suficiente. A veces lleva a ver que el problema no era el que parecía.
El psicólogo Herbert Gerjuoy lo formuló hace décadas de una forma que no ha envejecido nada: «el analfabeto del futuro no será el que no sabe leer, sino el que no ha aprendido a aprender». A clasificar información, a comprobar si es verdad, a cambiar de categoría cuando hace falta.
Con la IA pasa exactamente eso. No necesitas más herramientas. Necesitas IA con criterio: un marco propio para decidir cuáles usar, para qué, y cuándo decir que no.
Eso es lo que construyo para GaeaPeople, con cada responsable de área con quien que trabajo. No un catálogo. Un criterio.
No elegir la herramienta más nueva. No dejarse impresionar por el catálogo. No confundir velocidad con acierto. La parte difícil es saber qué problema tienes delante, qué datos merecen confianza, qué decisión no deberías delegar y cuándo una respuesta brillante no resuelve nada.
Cuando la canción me encaja con lo que escribo
Por eso cierro con Human, de Rag’n’Bone Man. Porque en medio de tanta automatización conviene recordar algo sencillo: la IA puede ayudarte mucho, pero el criterio, la duda razonable y la responsabilidad de decidir siguen estando en nuestro lado.
Y es que a veces la parte difícil sigue siendo humana.
FAQs
Antes de evaluar herramientas, define qué decisión estás intentando tomar y qué información te falta para tomarla bien. Si no tienes clara la respuesta, ninguna herramienta lo va a resolver por ti. El criterio va antes que la herramienta.
Porque la demo muestra el mejor caso posible de la herramienta, no tu caso. Lo que falla casi siempre no es la herramienta: es que nadie definió antes quién la gestiona, con qué frecuencia, para qué decisión concreta y con qué presupuesto real.
Probar sin criterio previo genera suscripciones acumuladas, formaciones que no se aplican y equipos saturados. Antes de probar, vale la pena dedicar una hora a definir qué problema concreto se quiere resolver. Eso reduce el número de herramientas a probar de diez a dos.
El patrón es el mismo, la escala es distinta. En una pyme el coste de equivocarse es más visible y más inmediato: menos presupuesto, menos tiempo, menos personas para gestionar lo que no funciona. El criterio previo importa más, no menos.
En sectores regulados el margen de error es menor y las implicaciones de una mala decisión tecnológica son más costosas. El criterio de «¿quién lo gestiona y bajo qué condiciones?» se vuelve crítico, porque la herramienta que funciona en marketing puede ser inadecuada en farmacovigilancia o en comunicación médica.
Invertir el orden: primero eligen la herramienta y después intentan encajarla en un problema. Lo que funciona es al revés: primero definir qué decisión necesitan tomar mejor, y después buscar si hay algo que ayude a tomarla. La herramienta es la última pregunta, no la primera.

